SAN JERÓNIMO ¡Helados como caídos del cielo!

SAN JERÓNIMO ¡Helados como caídos del cielo!

Por: Cristy Jiménez

SAN JERÓNIMO ¡Helados como caídos del cielo!

Viernes, 03 de Junio de 2016

Quienes conocen Cajicá saben que el infaltable punto de encuentro de los habitantes del municipio, es este negocio. No es extraño escuchar la frase: “¿Dónde nos vemos?”, y la tradicional respuesta: “en San Jerónimo”. Un negocio familiar, forjado con el tesón de un típico hogar colombiano, que hizo realidad este dulce y cremoso sueño.
 
Más de 30 niños, entre hijos, primos y vecinos se daban cita en el hogar de doña Asseneth y don Gustavo Cabrera en la década de los 60. Entre risas y juegos disfrutaban de los deliciosos helados de fruta que preparaba la dueña de casa, los dos solares de la casona zipaquireña eran el escenario perfecto. “Mi mamá hacía entre 50 y 100 helados para nosotros. Siempre le quedaron muy ricos”, recuerda Gustavo Cabrera Jr., el hijo mayor de la pareja.
 
                                                                                                                     Asseneth Baquero, fundadora de helados San Jerónimo
 
Los helados empezaron a tener fama y las vecinas le sugerían que los vendiera: -Asseneth, piénselo, esos helados son muy sabrosos-, le decían. Así, en medio del zaguán de la casa, inició el negocio. Los primeros en atenderlo eran sus hijos. “Recuerdo que Pilar tenía 4 añitos; cuando llegaban los niños por sus helados, ella (que no sabía diferenciar el color, pero sí el sabor), preguntaba: -¿de qué lo quiere?- y sin mediar palabra, los probaba hasta hallar el indicado”, recuerda entre risas, la hoy octogenaria     empresaria. Los pequeños clientes se iban felices a disfrutar del refrescant mecato, sin darse cuenta de lo ocurrido.
 
Luego, buscando ‘nuevos mercados’ crearon una improvisada ’sucursal’: vendían sus helados a las afueras de la escuela. Al final del recreo, el único rastro que quedaba eran los dos canastos que se usaban para trasladar la dulce mercancía.
 
 La llegada a Cajicá…
 
Un día, mientras don Gustavo viajaba de Bogotá a Zipaquirá, vio sobre la vía un aviso que llamó su atención: ‘Se vende finca’. Un fuerte magnetismo atrajo al padre de familia, quien sin dudarlo sentenció: -Voy a comprarla y aquí voy a montar mi negocio-. Astutamente ocultó el letrero, para que la oferta no se le escapara. Corría el año de 1962.
 
Después de embarcarse en una gran deuda, don Gustavo cumplía su objetivo: compró la finca y allí, en medio de la nada, montó su fábrica de escobas y la distribución de aceite automotriz. Doña Asseneth, por su parte, pensó que en una 'esquinita' de aquel lugar podría vender sus apetitosas creaciones: los helados, las garullas y el pan de yuca. Así fue, “al principio no entraba ni un alma a comprar”, recuerda la visionaria, “luego, la gente iba más a comer, que a comprar aceite o escobas”.
 
Entonces este negocio desplazó a los otros. Lo que hasta el momento se conocía como ´Los Helados de Asseneth’, se convirtió en Helados San Jerónimo (por el nombre de la hacienda).
 
´Curiosas´ estrategias de mercadeo
 
El reto ahora era captar una clientela mayor. Para hacerlo la pareja de esposos empezó a diseñar sus estrategias. “Lo primero que hicimos fue construir unos baños, muy bonitos y limpios. Mi esposo decía que esa era la clave para que los turistas que transitaran la vía nos recordaran. Lo segundo que propuso fue que en este negocio iba a haber billetes en perfecto estado y siempre habría vueltas, aunque fuera una compra mínima. Por lo que una vez a la semana se trasladaba al Banco de la República para conseguirlo”.
 
Por su parte doña Asseneth impuso la disciplina que siempre la ha caracterizado, “nuestro horario era de 7:00 am a 6:00 pm y sagradamente se cumplía. Mucha gente nos decía que para qué abríamos tan temprano si no llegaba nadie, y yo defendía mi decisión, sabía que el orden daría sus frutos. Otra de mis premisas era que hasta el cierre debía haber producto disponible”.
 
Para mantener en pie el negocio, la familia tuvo que hacer innumerables esfuerzos, diariamente la empresaria se levantaba a las 3 de la mañana para atender sus quehaceres como ama de casa y cuidar la ropa de sus 5 hijos y esposo, alistarlos para enviarlos al colegio y trabajo; y organizar los insumos para la venta del día. Para entonces el mayor de sus hijos tenía 11 años y el menor 4. ¡Toda una odisea!
 
Incursionando en nuevos mercados
 
El negocio no siempre fue tan exitoso como ahora; ellos incursionaron en nuevos mercados y enfrentaron el fracaso. “A mi esposo se le ocurrió la idea de vender hamburguesas, entonces compramos una arroba de carne… el resultado: ¡se vendió una! (al papá de mi cuñada). Esa semana toda la familia comió hamburguesa” nos cuenta Asseneth, entre risas. “Después probamos con el pollo al horno, hicimos 10, el resultado: ¡se vendió uno! Y toda la semana comimos pollo. Convencer a la gente de que tu producto es bueno no es fácil”.
 
En muchas ocasiones pensaron en cerrar, “mi esposo me decía: "Asseneth, ya no tenemos qué más vender". Habíamos salido de la lavadora y otros electrodomésticos y yo pensaba: He de ver cómo la gente hace fila para comprar mis recetas”. Fueron 10 años de pérdidas y 5 de hallar el equilibrio… pero finalmente la profecía se cumplió: San Jerónimo, se convirtió en el negocio insignia de Cajicá.
 
Desde su primer cliente que fue Arturo Calle, hasta presidentes de la república han probado los postres de esta empresa. Aunque ya no cocina, doña Asseneth se encarga del control de calidad, prueba las empanadas y la masa de los tamales. Con facilidad y con la experiencia que dan 50 años de registro diario de las ventas, ella predice qué tan bueno o malo será el día; de acuerdo a esto se regula la producción. “Desde los primeros años de la empresa mi madre guarda sigilosamente el registro diario, no solo de las ventas, sino de los factores que tienen relevancia en ellas: un día de partido de fútbol o de lluvia, no es muy bueno para nosotros (aquí no se vende ni licor, ni cigarrillos); mientras que un día soleado es maravilloso. ¡Los pronósticos de ella nunca fallan!”, nos cuenta Gustavo Jr.
 
Helados tipo exportación
 
Actualmente, la empresa tiene solicitudes para comercializar sus helados en Panamá, Costa Rica, Ecuador y EE.UU. En Colombia San Jerónimo tiene 479 puntos de venta de helados, su sede en Cajicá es heladería y restaurante. Ya son más de 50 años de esta empresa acompañando a los colombianos… así que ya lo sabe, si está en Cajicá y le preguntan: “en dónde nos vemos”, la respuesta no puede ser otra: “en San Jerónimo”. 



 
 
 

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